La mayor parte de historiadores y expertos internacionales asegura que es muy difícil que una organización islamista como los Hermanos Musulmanes se haga con el poder en un país en la que la revolución ha sido impulsada sin atender a ningún credo concreto. Los ciudadanos egipcios unidos contra Mubarak en una revuelta de inspiración laica.
Pero hay que tener en cuenta que en un Estado con 80 millones de habitantes, este grupo representa, según el profesor Tariq Ramadán (nieto del fundador del movimiento islamista), entre un 20 y un 30% de la población.
Es difícil no mirarlos con reticencia si se atiende por ejemplo a las reacciones de Hizbulá (el Partido de Dios), que preconiza en el Líbano un odio radical contra Israel y todo lo occidental. Tampoco conviene olvidar que el número dos de Al Qaeda, Ayman Al Zawahiri, responsable a su vez del Yihad Islámico Egipcio (grupo terrorista islamista), forma parte de los Hermanos Musulmanes.
Hasta ahora, sus integrantes han moderado el discurso. Se unieron a los manifestantes y ayudaron en la defensa contra los sicarios de Mubarak. Pero si nos centramos en su objetivo final, la imposición de la ley islámica o sharia (con normas que persiguen a los homosexuales o a la mujer que desobedece a su padre o esposo, por ejemplo), se pone de manifiesto su incompatibilidad con un sistema de gobierno aceptable. Por ello, es legítimo el miedo de Israel (vanguardia defensiva de occidente ante el fundamentalismo islámico) a que la revolución egipcia desemboque en un proceso similar al de Irán y no en la democracia (islámica o laica) por la que sus ciudadanos están dando la vida. Jerónimo Gómez Escamilla.
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